sábado, 19 de julio de 2008

Necochea y el fin de los años 70s (última parte)

El viento, siempre el viento. Incluso en verano, pero es más la fama que tiene del que realmente cruza la ciudad, eso sí, siempre hacia la costa.

Antes Quequén era parte de Lobería, no de Necochea, pero la interdependencia de estas llevó a que en 1995, los quequénses unieran su ciudad –el puerto bah- a Necochea.

La zona del puerto esta buena, sobre todo los días soleados en los que los lobos de mar se les da por tomar sol en el medio de las calles del puerto, pero a la gente no le molesta, porque a los lobos –que son más grandes y te pueden matar- tienen otros problemas y no tienen tiempo para las personas a las que generalmente ignoran.

Sí bien nací en Necochea me bautizaron en la otra ciudad, en Quequén. Ese sería el primer capítulo de una larga historia de desencuentros geográficos que se van a ir sucediendo, porque recuerden que Quequén era otra ciudad y no la mía.

Hablando de desencuentros geográficos, la mamá de Claudia, la tía Nelly, en esos años poseía un record que ha venido perfeccionado con el tiempo. Nunca pisó Buenos Aires. Viajó por todo el país –incluso por el exterior- pero nunca paso por la capital, ni siquiera hoy lo ha hecho y creo que a los 78, no lo va a hacer nunca, y solo a un par de horas de viaje.

Familia rara.

En los 70 papá era secretario general del gremio gastronómico. Era bastante conocido en una ciudad que por ese tiempo vivía su mayor esplendor turístico. Solía recorrer los hoteles y restaurantes más visitados, lugares a los que a veces me llevaba, lugares que ya no existen, ni siquiera físicamente.

A Ramón Elorza le gustaba Necochea. El era secretario general del gremio a nivel nacional (en esa época tenía el puesto que hoy ocupa el conocido Luís Barrionuevo). Para los que viven estudiando esos años –algo muy de moda hoy- les resultará conocida su historia dentro de la política de los años 70s. Eran muy amigos con papá. Ramón era un hombre muy simpático, que había viajado por todo el mundo y solía contar sus viajes cuando iba a casa los fines de semana.

Ramón tenía una sonrisa particular y hablaba fuerte, sabía tocar el piano muy bien y en su casa (en Bs.As.) tenía un órgano que había traído del exterior en un viaje, a él le gustaban bastante la música con teclados y una de las últimas veces que estuve en su casa lo recuerdo tocando e incluso improvisando canciones. El fue el primero en hablarme mal de una guitarra. Ese es el primer recuerdo que tengo de un teclado electrónico, algo a lo que volveré más adelante.

Su muerte en 1986, luego de una larga enfermedad, llevaría en parte a la situación gremial actual, historia que se considerará interesante solo en un futuro.

Por cuestiones políticas Necochea se volvió inestable. Papá que ya había dejado la conducción del gremio ya no veía un futuro muy claro, en esos años nada estaba claro, pero decidió que nos mudáramos a Bs. As. dejando para siempre la ciudad.

Mamá estaba contenta, ya no la soportaba.

El último día allá fue un sábado y los tíos organizaron una despedida en su departamento, que estaba enfrente del nuestro. Ese día pensé que solo nos íbamos de viaje, que volvería a la vida de todos los días, por eso estaba tranquilo. Me fui contento, porque sabía, aún siendo muy chico cual era mi mundo. Subí al auto como si nada.

Esa gente, esos colores, esas personas que veía día a día ya no están ahí, los colores de esos años han cambiado, la geografía ha cambiado y muchos de ellos ya no están para esperar a nadie.

La infancia dicen los adultos es la época más feliz de la vida. Yo nunca más me volví a sentir como en esos pocos años. Aún muchos años después tengo la esperanza de volver a sentirme como me sentía la última tarde que viví allí a principios de los 80s.

Esa tarde y ese mundo ya se han muerto y son solo una sucesión de imágenes en mi cabeza, de un nene que vive en mi mente y me pregunta todos los días; ¿Cuando volvemos?




Apagad las luces, esconded la luna, apagad las estrellas….

Hubo una vez un país desconocido,
lleno de extrañas flores y sutiles perfumes.
Un país con el que da gusto soñar.
Un país donde todo es perfecto…

y venenoso.

Un lugar que ya no existe y al que solo queda recordar
Para que algún día, tan solo unos momentos pueda volver a existir…
Aún sabiendo que tal existencia…

sería imposible.

Hubo una vez un país desconocido,
lleno de extrañas flores y sutiles perfumes.
Un país con el que da gusto soñar.
Un país donde todo es perfecto…

y venenoso.

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